Juanfra Molineros
He de partir de un punto justificativo para el
desarrollo de este ensayo, a decir que, toda filosofía debe estar encuadrada en
un momento histórico y contextual. Este encuadre no es una camisa de fuerza ni
tampoco un determinante para el quehacer filosófico, pero sí un instrumental
que, al servir de marco filosófico nos aclara las situaciones por las que se da
un paso –sea éste hacia adelante o hacia atrás– en el desarrollo mismo de un
pensar filosófico enclavado en una determinada realidad y momento de la historia.
Es así, que al abordar “La filosofía del
barroco” desde la perspectiva de Samuel Arriarán[1]
se ha de hacer el acercamiento quitando como bien dice Arriarán, el
determinante clásico de limitar “lo barroco” al arte. Puesto que no es ya un
concepto que pueda reducirse como tal a la expresión artística, sino más bien,
como subrayará el autor “expresa una indicación de la historia de la cultura,
es decir, un comportamiento cultural de toda una época”[2]
Se propone pues, una definición que amplía el
significado a todos los aspectos de una cultura y nos remite a un momento
histórico desde una perspectiva ya no tan limitada sino extendida sobre una
situación con contexto y realidad en un pueblo. Hecho este preámbulo, cabe
entonces muy bien la pregunta “¿cuáles son las relaciones del barroco histórico
con la sociedad de su tiempo?”[3].
Definitivamente el matiz ha de dividirse, dos
son los grandes remitentes para este estudio: el barroco europeo y sólo después
el barroco de América Latina. En el primero de los casos, el barroco es
entendido “no sólo como un nuevo estilo artístico sino como el comportamiento
social y cultural de una época determinada, (…) un nuevo espíritu de negación
de valores de la primera modernidad renacentista”[4]
Y es aquí donde encuentro la primera situación de las implicaciones sociales,
por ejemplo, en las pinturas religiosas –como el ejemplo que el autor nos
propone– ya no se remiten al valor religioso que éstas puedan tener, sino la
belleza, la estética y el resaltar todo aquello privado de de importancia y
negando todo aquello que pudo tener culto obsesivo –como lo fue la religión o
bien lo humano en el contexto renacentista–. Puedo decir entonces que este
“fenómeno” –así lo califico– fue un salto de la ontología en cuanto ser
subjetivo –giro copernicano propio de la Ilustración– hacia un valor de “la
cosa”, del objeto, en la medida que en lo insignificante se encontraba el valor
que “el barroco” le imprimía desde su tensión inquietante y perturbadora, desde
esa desarmonía y ansiedad[5]
propias de esta filosofía. Y de esto
parte el barroco en América Latina,
no comprendido como ya lo esbocé en el principio, únicamente desde un principio
artístico, sino más bien cultural, que incluye en esta particular zona
geográfica, un discurso crítico análogo a la ciencia que se convierte en una
metáfora que como dice Arriarán, es totalizante.
Tres puntos considero importantes que quisiera
proponer a la “metáfora totalizante” como síntesis propia.
1. La concepción del sujeto en términos
racionalistas[6].
En efecto esta perspectiva abarca el concepto de belleza, desde la impresión
propia del logos poético, que ya no
está limitado en la esencia y la metafísica propia del ser, sino en su belleza,
en su estética, en esa poesía de la existencia-pensamiento. El mestizaje lo ha
hecho posible, no nos limitamos entonces a la Europa con su ilustración o su
barroco, sino en América hay también un proceso de “paradigma modelador” en la
modernidad estética.
2. Un universo móvil y descentrado[7].
El saber ya no se ensimisma, sino se abre, se rompe, es como un dinamismo con
una estructura sistemática que genera un caos ordenado –así lo quiero definir–,
puesto que el ya no estar en la homogeneidad da cabida a la pluralidad. Este descentramiento ya no mira entonces al
ser en cuanto tal, sino al “estar” de ese ser, en un marco histórico, cultural,
de pensamiento y que el mestizaje hace un gran giro propicio para su desarrollo
propio, con los matices característicos de América Latina.
3.
La
posmodernidad y su relación con el ethos
barroco[8].
Si la posmodernidad es una conjunción de la cultura, la sociedad, el hombre y
obviamente su compleja estructura de ser
en busca de la verdad, la realidad estética tiene un papel importante junto
con el ethos que propone un sentido
más incluyente de nuestras características naturales, es decir, una relación
necesaria entre el progreso mismo con el tiempo histórico que se vive, la
cultura que predomina y la situación a veces desventajosa que el logos medieval que propone al ser propio de los antiguos. La
posmodernidad desenvuelve un sentido más práctico frente a lo santo, a lo
sagrado, y es ahí donde el ethos
vuelve a retomar sus particularidades para repercutir en la estética moderna y
hace una relación-conjunción en los pueblos de América Latina, en donde lo
barroco no se encuentra más que en las fiestas populares, en su religión de
calle, en su ser en el espacio, tiempo y religión.
[1] Arriarán,
S. (-). La Filosofía del Barroco.
Fotocopias proporcionadas para la clase sin más referencia.
N.B. Las referencias completas de todos los textos leídos y comentados en clase están en el programa: http://pensla.blogspot.com/2012/07/programa.html
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